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Un buen gobierno es sinónimo de transparencia

Entre los siglos XIII y XIV, en las ciudades-república del Reino de Italia, eminentes filósofos produjeron una significativa literatura política, entre ellos: Tomás de Aquino y Marsilio de Padua; sin embargo, la contribución más importante a la comprensión de aquella época lo hizo el artista Ambrogio Lorenzetti, natural de Siena, con sus frescos de las paredes de la habitación de los Nueve (Sala dei Nove) o Sala de la Paz (Sala della Pace) en el Palacio Público de Siena, convertido en una de las obras maestras de la pintura del renacimiento temprano secular.

Quentin Skinner, catedrático de Humanidades en el Queen Mary (Universidad de Londres) realizó un análisis del contexto socio político de dichos cuadros, en su obra “El artista y la filosofía política”, señalando que en dichos cuadros se evidencia que un “buen gobierno” es resultado de la virtud: tiene la mirada puesta en la fe, la esperanza, la prudencia, la templanza y la justicia. A la vez, un buen gobernante es aquel que gobierna con magnanimidad y en paz. Producto de ello, la felicidad tanto de quienes viven en el campo como en la ciudad se concretiza y florece las artes, la educación, el comercio, el bien común.

Contrariamente, un mal gobierno posee un gobernante tirano, caracterizado por la soberbia, la traición, la furia y la división, la justicia bajo sus pies y la paz aprisionada; dando como resultado la destrucción, la inseguridad y la muerte.
Analizando los cuadros de Lorenzetti a la luz de la realidad de nuestra sociedad peruana, observamos que se ha caracterizado por gobernantes que en la mayoría de los casos terminaron en convertirse en dictadores, hicieron del Estado su motín, capturándolo para obtener beneficios personales o grupales, manipulando la justicia, a los medios de comunicación, incumpliendo lo que tanto prometieron en las campañas electorales distanciándose de lo prometido a sus electores.

Ahora bien, lograr un buen gobierno implica gobernar con prudencia, templanza y justicia, y en un sistema democrático, implica también gobernar en libertad. Desde “La Política”, de Aristóteles (384 a.C. – 322 a.C.) ya se planteaba la necesidad de vivir la democracia en un marco de libertad, en donde los ciudadanos vigilen las cuentas públicas y los negocios políticos, es decir, gobernar con transparencia.

El primer país en el mundo en donde se implementó este concepto fue en Suecia, gracias al aporte del pastor finlandés y filósofo “ilustrado” Anders Chydenius quien introdujo la primera Ley de Transparencia en la historia de la humanidad, incorporada dentro de la Ley de Libertad, eso hace 237 años. A pesar que actualmente el Parlamento de la actual Suecia ya no es soberano sobre la Finlandia natal de Chydenius, pero el derecho de acceso de los ciudadanos a la información pública sigue presente en sus debates.

En el Perú, la Ley de Transparencia y Acceso a la Información Pública (Ley Nº 27806) recién se adoptó el 2002, luego de culminado una de las etapas de mayor corrupción y opacidad en la información que controlaba el gobierno de turno.

No obstante, ¿por qué es importante esta ley relacionada a la transparencia y acceso a la información? Como subraya Toby Mendel (2009) “El derecho a la información está en el corazón de la democracia. Sólo una ciudadanía que está bien informada sobre las intenciones y acciones de sus líderes electos, puede contribuir de forma efectiva al proceso de toma de decisiones que afecta su futuro. En el sentido más básico, la participación democrática depende de la habilidad de los ciudadanos de acceder a la información que necesitan para tomar el control dentro de la sociedad.”.

Por su parte el extinto ex presidente del Congreso de la República, Henry Pease, señaló que anteriormente se tenía la concepción que el Estado era dueño de la información y daba a conocer lo que quería, ahora es el ciudadano quien tiene el derecho a saber todo lo que pasa.

Por lo que se ha visto hasta ahora, y aún más, en esta época de emergencia sanitaria, los ciudadanos y ciudadanas comunes y corrientes tenemos la posibilidad de conocer en qué gastan los distintos niveles de gobierno, cuánto ganan los funcionarios públicos, quienes proveen de bienes y servicios, cuáles son los proyectos que se ejecutan, que decisiones toman nuestras autoridades, y un largo etcétera, que es necesario conocer.

Por lo tanto, gobernar con transparencia y fiscalizar también es sinónimo de buen gobierno.

 
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